El Pais, Mayo 2008 Los periodistas británicos saben, hasta el último penique, lo que le cuesta al erario
público el uso de los coches oficiales, la
compensación pagada a los sospechosos del
IRA o la ubicación de las cámaras que
registran la velocidad de los coches. En
España, conocer las listas de espera en los
hospitales es una tarea titánica y el sueldo del
presentador del telediario de una televisión
pública está considerado alto secreto. La
diferencia entre el Reino Unido y España es
una ley que regula el derecho de acceso a la
información.
Junto a Grecia, Chipre, Malta y Luxemburgo,
España forma parte del reducido grupo de
países europeos que carecen de una
normativa que abra la puerta a los documentos
oficiales. En la UE, 22 de los 27 Estados
miembros tienen reconocido el derecho que
obliga a las administraciones públicas,
fundaciones y organismos financiados con
fondos públicos a facilitar información a
cualquier ciudadano (incluso si es periodista).
En España prima la cultura del secretismo, el
cerrojazo a los datos oficiales y el apagón
informativo. "Existe la arraigada tradición en
los poderes públicos de que la información
es suya. Y no es suya, es de los ciudadanos.
Como el dinero que manejan, que es también
de los ciudadanos", comenta Diego López
Garrido, ex portavoz parlamentario socialista y
uno de los políticos que con más énfasis
defiende la necesidad de promulgar una ley
que regule el libre acceso a la información.
Convencido de que será "revolucionaria",
resume su esencia: "Las autoridades públicas
tienen que tener a disposición de los
ciudadanos, y especialmente de los medios de
comunicación, toda la información que esté
en su poder".
El corresponsal de un periódico alemán
ilustra lo necesaria que es una ley de este tipo.
"Como norma general, en España todo se
considera información reservada, por si
acaso". Los periodistas no sólo se enfrentan
al histórico secretismo de los funcionarios, a
la endémica falta de transparencia de la
Administración y al oscurantismo de los
gabinetes de comunicación. Tienen que hacer
frente a la cada vez más frecuente moda de las conferencias de prensa sin preguntas.
Empezaron los políticos y ahora la costumbre
se ha extendido a entrenadores de fútbol,
cantantes o personajes del mundo de la
farándula.
Problemas añadidos tienen los medios
audiovisuales. Las televisiones pelean contra
el veto de los partidos políticos, que les
impiden grabar imágenes durante los
mítines. Estas prácticas, que han sido
moneda común del PSOE y del PP en la
pasada campaña electoral, "deterioran la
calidad de la democracia y perjudican a los
ciudadanos", se quejan los responsables de
los principales periódicos y entidades
profesionales.
El derecho a saber no es monopolio de los
periodistas. El acceso a la información
pública es un derecho universal. Aunque es
cierto que no toda la información puede ser
desclasificada. La ley británica, una de las
más avanzadas en este campo, establece 23
exenciones: actas de juicios, secretos
comerciales, seguridad nacional o prevención
de actividades criminales. Y, por su puesto, la
Ley de Protección de Datos.
El presidente de la Asociación de la Prensa
de Madrid (APM), Fernando González
Urbaneja, coincide en calificar de
"revolucionaria" una ley de estas
características. "Acabaría con el secretismo
y la filtración", dice, pero se muestra cauto
ante los posibles efectos colaterales. "Hay que
tener mucho cuidado si no se hace bien. Las
consecuencias pueden ser muy corrosivas:
nos llevaría a la desaparición de las
fuentes". Urbaneja pone el ejemplo de la
información económica y financiera. "Con las
exigencias de la democracia mercantil, los
gabinetes de prensa carecen de sentido. Si te
cuentan algo antes que a la autoridad
financiera cometen un delito". De hecho, las
sociedades cotizadas en Bolsa están
obligadas a notificar cualquier hecho relevante
a la Comisión Nacional del Mercado de
Valores.
Desde los años sesenta, Estados Unidos
cuenta con una ley que vela por la
transparencia informativa. Urbaneja recuerda
que la Reserva Federal publica las actas de
sus reuniones pasadas unas semanas. "Es la
manera de que el ciudadano conozca sus
razonamientos en la toma de decisiones". El
presidente de la AMP se pregunta si no se
podría aplicar la misma teoría a las
reuniones del Consejo de Ministros en La
Moncloa.
Para evitar el clásico de Larra "vuelva usted
mañana", la ley de acceso a la información
regularía el tiempo máximo que puede
tardar una administración en suministrar a los
ciudadanos los papeles solicitados. López
Garrido se inclina por poner el tope en un mes,
si bien algunos países han acotado el plazo a
15 días. En Suecia se exige que los
documentos reclamados se presenten
"inmediatamente o lo más rápidamente
posible", mientras que en Irlanda y Canadá el
tope es un mes. En el caso del Reino Unido, la
Ley de Libertad de Información establece 20
días. Durante los dos primeros años de
aplicación de esta norma -en vigor desde
2005- se presentaron 120.000 solicitudes de
documentos. Los británicos supieron así los
verdaderos ingresos de su familia real. Hasta
el último penique. Se enteraron, por ejemplo,
de que la reina Isabel y el príncipe Carlos
recibieron durante dos años ayudas
agrícolas de la UE de casi 1,5 millones de
euros.
Una veintena de organizaciones pelean desde
hace dos años para que el colega germano,
tan crítico con el comportamiento de las
autoridades españolas y con el miedo de los burócratas a facilitar datos, cambie de
opinión. Son los creadores de la Coalición
Pro Acceso, un foro que ha fijado un catálogo
de principios para acabar con el apagón
informativo en los organismos públicos.
Participan en esta entidad organizaciones
como Amnistía Internacional, Ecologistas en
Acción, Greenpeace o Transparencia
Internacional. La coalición defiende que
"cualquier persona puede solicitar información
a cualquier organismo o entidad pública o
privada que realice funciones públicas" y
plantea que los funcionarios "deben responder
de forma inmediata o en un plazo razonable".
La abogada de Access Info Europe, Eva
Moraga, sostiene que una ley de este tipo
"debe ser prioritaria para todo partido político
que esté verdaderamente comprometido en la
lucha contra la corrupción".
El PSOE ya lo llevaba en el programa electoral
del 2004. Pero no movió un papel en su favor.
El plan del Gobierno es ahora sacar adelante
en esta legislatura un proyecto de ley en este
sentido. Los socialistas aspiran a trasladar a la
legislación española una ley similar a la que
impulsó Tony Blair. Creen que es un elemento
de modernización y profundización
democrática. En vigor desde 2005, la norma
británica reconoce el "derecho a saber" y su
punto de partida es el derecho de cualquier
persona a acceder a información (sea
personal o no) que esté en poder del sector
público. De esta manera, todos los datos
pueden ser divulgados a menos que se le
aplique una exención. Y si la documentación
es denegada, se puede reclamar al Tribunal
de Información.
Suecia es el espejo en el que han mirado
todos los países y el que también sirve de
referencia a España. Tiene regulado el
derecho al acceso a la información desde
hace más de dos siglos. En 1766 publicó una
ordenanza pionera, la primera del mundo
sobre libertad de prensa y el sueño de todo
reportero. El nivel de salvaguarda de las
fuentes es tal que Suecia protege incluso al
funcionario que suministra información a un
periodista. Prohíbe a los órganos estatales y
municipales tratar de establecer la identidad
de personas que hayan suministrado
información a los medios de comunicación.
Todo lo contrario de lo que ocurre a menudo
en España, donde más de un ministerio ha
abierto una investigación para averiguar el
origen de una filtración que no le beneficiaba.
En el Día Mundial de la Libertad de Prensa,
que se celebra hoy, la Federación de
Asociaciones de Periodistas de España
(FAPE) insta a políticos y gobernantes a
someterse regularmente a "los procedimientos
clásicos en las democracias mediante
conferencias de prensa con preguntas y
repreguntas de periodistas profesionales". Y
aboga por "la transparencia en sus
actuaciones públicas, a la no discriminación
en sus procedimientos informativos,
campañas publicitarias y concesión de
licencias".
La cuestión es convencer a los
ayuntamientos, por ejemplo, de que faciliten
los contratos urbanísticos cuando los solicita
cualquier ciudadano. Pero para que la ley sea
eficiente es necesaria una autoridad
(independiente y con capacidad ejecutiva) que
obligue a las administraciones a facilitar la
documentación solicitada. Una autoridad que
sea "una especie de Defensor del Pueblo de la
información libre", señala López Garrido,
"con un estatuto propio y encargada de
examinar los recursos que puedan presentar
los ciudadanos".
En un reciente foro sobre el acceso a la
información pública organizado por la APM, la directora de Access Info Europe, Helen
Darbishire, recordó que en el mundo existen
76 leyes específicas. "En algunos países
que la tienen hay problemas de aplicación,
pero en general funcionan". El Consejo de
Europa recomendó en 2002 a los Estados
miembros que adoptaran leyes encaminadas a
asegurar la transparencia en las
administraciones públicas. El clamor es tal
que existe una asociación denominada
Transparencia Internacional. Su presidente en
España es el catedrático de la Universidad
Autónoma de Madrid Jesús Lizcano Álvarez,
que en el último número de la revista
Cuadernos de periodistas escribe: "Dentro de
los desafíos éticos a los que se enfrenta
nuestra sociedad se encuentra, por una parte,
la transparencia social, como elemento que
garantiza el derecho a la información del
ciudadano, esto es, el derecho a saber, como
un factor fundamental para la lucha contra la
corrupción".
Pero la UE tampoco quiere que sus
ciudadanos sepan demasiado. La Comisión
Europea ha demandado a Suecia por difundir
datos sobre otros países cuyas autoridades
les han puesto el sello de "secreto". |